Se acabó la joda

Por lo menos desde la fachada la nueva Ley de Control al Expendio y Consumo de Bebidas Alcohólicas nos muestra un avance importante en la lucha contra el consumo de alcohol en vías públicas. Se ha acabado con el ejercicio malsano de vender y consumir trago en los eventos masivos, pero con algunas aristas muy filudas que pueden terminar con el espíritu de la propia norma. Misteriosamente esta ley dispone que todos los mortales, así como cualquier empresa, están prohibidos de expender y comercializar bebidas alcohólicas en la calle, y aquí viene lo ininteligible, “salvo autorización específica para el expendio de bebidas alcohólicas, otorgada por los Gobiernos Autónomos Municipales a personas que tienen como principal y habitual actividad el expendio y comercialización de bebidas alcohólicas.”

Se nota a leguas una flagrante discriminación a favor de las empresas que tienen como giro empresarial la fabricación, comercialización yo importación de bebidas alcohólicas, y este privilegio se explica porque durante décadas han ido sosteniendo con auspicios monetarios la organización de concentraciones masivas de gentes para que puedan brindar con alegría para después golpearse y violarse mutuamente con algunos centímetros cúbicos de alcohol en la sangre. Bien gracias los municipios porque han conservado inmoralmente su empoderamiento para autorizar el consumo de alcohol a quien le dé más en metálico.

Del otro lado de la acera la ley ha prohibido el consumo de bebidas alcohólicas a toda persona (todos los hombres y las mujeres, incluidos los compadres y las comadres) especialmente en vía pública y en espacios públicos de recreación, paseo y en eventos deportivos. También se acabaron las chupas organizadas por funcionarios públicos en establecimientos de salud, así como las kermeses rociadas de alcohol en las escuelas y colegios; también terminó el consumo de licor en las semanas de aniversario o las elecciones embriagadoras que con mucho frenesí se organizaban en los predios universitarios, tanto públicos como privados. Se acabaron además las megadiscotecas y los  minibares ambulantes gestionados por jóvenes mareados desde el interior de vehículos automotores.

Pero lo inexplicable surge cuando se abre la posibilidad de consumir alcohol en “espectáculos públicos de concentración masiva”, con autorización “excepcional, especial y transitoria” de los Gobiernos Autónomos Municipales, en fiestas populares y patronales. Entonces de qué sirvieron las imploraciones y los permanentes reclamos para que se prohíba el consumo de alcohol precisamente en esas fiestas populares (Corso de Corsos, Entrada Universitaria, Comadres, etc.) o en las patronales (Urkupiña, Gran Poder, etc.), si ya se puede sospechar que los gobiernos municipales negociaron esta excepción para continuar alentando el origen del problema.

Verán todos que no vale la pena chuparse en el Corso de Corsos o en el Gran Poder, con autorización del Alcalde, porque de todos modos al terminar el evento la Policía Boliviana podrá imponer y cobrar una multa de Bs. 880 (aprox.) a las personas que habiendo consumido bebidas alcohólicas estén circulando ebrias en plena vía pública. Hecha la ley hecha la trampa.  Peor les irá a los establecimientos de venta de bebidas alcohólicas que permitan el ingreso de personas con signos evidentes de estado de embriaguez o de menores de 18 años, porque serán sancionados por primera vez con una multa de 1250 dólares (aprox.) y la clausura temporal por 10 días continuos; y por segunda vez con la clausura definitiva del establecimiento. Estas no dejan de ser señales evidentes de que la joda se acabó, por lo menos en la calle.

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