Los días fastos y los nefastos

En el antiguo calendario romano los días se denominaban fastos o nefastos. Los días fastos estaban dedicados a las actividades de carácter jurídico o legislativo, los comicios y los negocios públicos; en cambio, los días nefastos estaban consagrados a los dioses y sólo se permitía la actividad religiosa, por lo que eran tildados como desgraciados, inapropiados o perdidos para la realización de muchas actividades, especialmente las relacionadas con la administración de justicia. El año romano tenía 354 días, de los cuales 245 eran fastos y 109 nefastos, es decir que uno de cada tres días los administradores de justicia estaban impedidos de trabajar.

Como extrapolados de la antigüedad romana los días nefastos se han atascado en la institucionalidad boliviana y la han atropellado vertiginosamente cuando el día viernes pasado, el partido de gobierno, con su bancada mayoritaria en la Asamblea Legislativa, aprobó a su medida el reglamento para la preselección de candidatos a magistrados del Órgano Judicial, rechazando tácitamente las propuestas de mejora que hicieron los operadores de la oposición, los representantes de las Naciones Unidas, de los sindicatos de periodistas, del Defensor del Pueblo y de los colegios de profesionales en leyes. Simplemente el MAS desdeñó las sugerencias para privilegiar los méritos académicos, el bien ganado prestigio y la idoneidad profesional de los precandidatos; conduciéndonos hacia un fracaso histórico irreversible.

Con esta decisión insensata, unilateral y absorbente se ha permitido la intrusión en los altos niveles de decisión judicial de personas que nunca tuvieron acceso a la educación superior y que han aceptado de forma mañosa unas condiciones descabelladas, como “ser pobre” como el pueblo y estar ligado al MAS. En este escenario resulta obvio que los candidatos serán azules y el pueblo tendrá que elegir entre los matices y texturas de ese color, es decir que tendremos que optar entre 125 masistas y nuestros sanos escrúpulos. La tácita previsión de que los candidatos a magistrados sintonicen ideológicamente con el gobierno, es un temible augurio de la improcedencia de sus candidaturas, además que menoscaba la confianza del ciudadano en la imparcialidad de los integrantes del Órgano Judicial para ejercer la dignidad que la sana convivencia humana les ha encomendado.

El discurso del reglamento indica que cualquier ciudadano puede acceder a la candidatura, pero el plan oficial apunta a que cualquier masista, que demuestre un nivel de formación básico y elemental, pueda colgarse en el cuello un letrero que diga “candidato a magistrado”, y así pregonar que es un digno representante de la mayoría del pueblo boliviano, sin siquiera saber distinguir entre el significado y el significante de la palabra justicia o comprender los complejos teoremas jurídicos para sentar jurisprudencia desde el nivel más alto de la magistratura. Esto es muy grave, porque el masismo, al intervenir de forma despótica en el Órgano Judicial, ha quebrantado el principio de separación de poderes, piedra fundamental del Estado de Derecho, y ha inutilizado perennemente la independencia de la justicia, la libertad y la democracia.

El fracaso de este proceso está anunciado y de nada servirá legitimar a los magistrados azules con el voto ciudadano, pero lo que sí será beneficioso para la mayoría de bolivianos y bolivianas es aprovechar esta oportunidad y denunciar con el voto blanco o nulo, sin más, la desgracia que importa para la democracia la intervención oficial y retorcida en el nombramiento de candidatos a magistrados. Todo parece indicar que se avecinan días nefastos, porque simplemente en el futuro próximo no habrá justicia o juzgadores que amparen a persona alguna.

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