Los desfiles son para los masoquistas

Los desfiles siempre han servido para hipnotizar al pueblo inocente y desorientado. A la gente aplaudidora no le gusta escuchar discursos, pero más le encanta ver esos desfiles cargados de un cúmulo de sensaciones instantáneas y frágiles, que no son otra cosa que la mejor forma de fascinar, distraer y lograr la sumisión. En el desfile de Sucre; y mejor en el de Oruro, Evo se sintió en libertad y a plena satisfacción. En suma: se vio gobernando.

Sólo un tratado antropológico sobre los desfiles nos puede ayudar a identificar qué ser humano tuvo la perversidad para instituirlos y organizarlos en desmedro de las futuras generaciones. Lo que queda claro es que Napoleón Bonaparte le otorgó la calidad de ciencia de la manipulación política; confirmando que un gran desfile de seis horas daba mejores y significativos éxitos políticos que un mes de discursos. Para él y sus maestros de la guerra un desfile sirve para pasar una inspección a las tropas e infundir respeto en la población; también es útil para constatar el grado de avance en el entrenamiento castrense; y eventualmente para que los enemigos del país, internos o externos, confirmen la capacidad disuasiva de las fuerzas armadas en cuanto a armamento y adiestramiento; de tal modo que ellos desistan del funesto propósito de invadir o atacar.

Para los enemigos internos del MAS ya ha quedado claro que las ceremonias descomunales plasmadas en los desfiles y las paradas militares de Sucre y Oruro han logrado colocar en la cabeza del gobernante ese círculo luminoso como si de una imagen sagrada se tratara. Definitivamente Evo se ha convertido en un personaje atractivo para esas masas obnubiladas con los interminables desfiles. El equipo político del MAS responsable de este tipo de procesiones se ha encargado de que no falten todos los elementos visuales: las plumas, las banderas, los trajes típicos, los uniformes militares, los caballos, las flechas, las medallas, los cañones, las hondas y los sables; de tal modo que las mentes débiles generen una sensación de placer sólo con ver estos simbolismos que reflejan poder en los palcos y sumisión en las veredas; y mejor si van acompañados de puños y brazos en alto.

La capacidad de imposición mediática que ejerce el gobierno es impresionante. Evo ha sacado la mejor tajada en Sucre porque se puso deliberadamente a la cabeza del desfile y fue el primero en ocupar el palco oficial; logrando ser visto mejor entre los otros personajes políticos. Este afán protagónico ha generado enfrentamientos verbales entre los partidarios oficialistas y los opositores sucrenses. Pero en el desfile de Oruro ha demostrado poderío total, alargando muchas caras y dejando no pocas bocas abiertas por el desplazamiento de militares y policías encubiertos para su seguridad, la gran cantidad de vehículos con vidrios ahumados y su sequito de ministros. Evo ha enfatizado su presencia física y materialmente ha pisado el cuello de sus opositores en unos desfiles plagados de un rigor innecesario.

Si nuestros enemigos externos han visto nuestros desfiles, se habrán dado cuenta que el gobernante en Bolivia se complace haciendo las cosas de un modo refinadamente cruel, y los gobernados que gozan al verse humillados y maltratados. En fin, son imágenes y simbolismos tiránicos que la gente sensata siempre rechazará.

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