La movida diestra

Desde esta columna no nos cansaremos de insistir que la conformación de un frente único y la identificación de un candidato poderoso y aglutinador son las tareas pendientes y más urgentes que tiene la oposición política boliviana. Separadamente, cada uno de los candidatos opositores ha avanzado en el diseño de sus planteamientos de gobierno, que perfectamente coinciden en las grandes líneas doctrinales. Son el Estado de Derecho, la democracia y la libertad los valores primordiales que ellos se ha propuesto recuperar. Entonces, ¿qué los separa? Son sus demonios internos y sus envidias que aún les están impidiendo concertar y concentrar sus fuerzas en torno a un líder carismático y ganador.

Para superar este entuerto y, ante todo, esos malos entendidos, se siente en el ambiente que está operando una central de destreza política, que seguramente está a cargo de gente experta en esos devaneos de caminar y tropezar en política. Los indicados son esos partidarios que han dado muestras tangibles de vitalidad espectacular a lo largo de la historia reciente de nuestro país, luego de haber estado tumbados mortalmente en el suelo, y que todos creían esfumados. Pero para clasificar en este grupo una condición esencial ha debido ser que el currículo del operador esté cargado de éxitos políticos tangibles y memorables, para impedir justamente que los ridículos y aplazados “gladiadores de la política”, que ahora rodean y asesoran a cada uno de los candidatos, destilen sus venenos y sus frustraciones en un proyecto unificador, que puede fracasar por falta de tacto, humildad y pericia.

Para derrotar al MAS se requiere el desprendimiento de los intereses personales de Cárdenas, Doria Medina, Reyes Villa, Joaquino, Antelo y otras personas con pueriles aspiraciones, como Tuto Quiroga, por ejemplo. Deben ser ellos que aporten generosamente sus visiones democráticas; y reconozcan que lo que se necesita es un líder más humano y accesible; y no precisamente un político divinizado para que encabece ese frente único. Ellos, erróneamente, han arrancado con campañas electorales endiosadoras y demasiado perfectas, que lo único que han logrado es revolver y confundir el escenario o dividir a los bolivianos y bolivianas que ahora quieren y buscan “un solo cambio real y distinto”; y no “un racimo de cambios”.

Parece que este proyecto inteligente de concentración está en marcha, porque alguien ya les tocó el oído a los candidatos y les bajó las ínfulas de superioridad que estaban evacuando en cada lugar que visitaban para proclamarse. Ellos han generando unas inexplicables auras de divinidad que ni sus propios acólitos las creían. Muestra de esta intervención moderadora y moduladora queda reflejada en el semblante de cada candidato opositor, ya que ninguno de ellos está mostrando esas caras ajenas de felicidad o de regocijo. Ese ambiente infeliz no es producto del miedo de enfrentar al MAS, sino provocado por la decepción de tener que ceder de forma obligatoria a favor de un líder concentrador; y quedar lastrados en un papel secundario de asambleísta en franja de seguridad. Otro asunto que ha mejorado el escenario es que los eternos financiadores de campañas políticas han condicionado sus aportes y apuestas en dinero al frente ganador y al único líder, a ese que todos los candidatos renunciantes deberán señalar, para que sus militantes y simpatizantes le ayuden con su voto. La movida es lúcida y todo por el bien general. Así sea.

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