Llegó el Papa que liquidará a los populistas

Algo más de 34 años han pasado desde que la fumata blanca emergió esa tarde del 16 de octubre de 1978 y el cardenal Felici anunciaba una feliz novedad: “Habemus Papam: cardinalem Karolum Wojtyla”. Era el primer Papa no italiano en más de cuatro siglos procedente de la Europa oriental, ese territorio muy bien demarcado, donde el comunismo llevaba varias décadas sojuzgando a pueblos enteros bajo un régimen de insensatez nunca antes conocido. Los políticos de esa época siempre recordarán a Enrico Berlinguer, secretario general del Partido Comunista italiano, que esa misma tarde dijo lamentándose: “Era lo peor que nos podía haber pasado”.

El anuncio de la elección del Papa Juan Pablo II y la premonición de este político italiano cayeron como humo negro sobre todos los regímenes comunistas del mundo entero. Ahora, el comunismo prácticamente ha desaparecido, con excepción de algunas tiranías folclóricas como las de Cuba y Corea del Norte que andan errando bajo el mando de unos dictadores inflexibles. Tan influyente fue la presencia del Papa Wojtyla en el escenario político internacional que hasta China y Vietnam flexibilizaron sus doctrinas marxistas y las racionalizaron para acomodarse en la modernidad. Definitivamente, el Papa polaco Juan Pablo II pasó a la historia como el Pontífice que contribuyó decisivamente a la caída del comunismo.

El miércoles pasado fue el cardenal francés Tauran que cumplió el encargo de anunciar el “Habemus Papam” desde un ventanal de la Basílica de San Pedro. El mundo se enteró que el nuevo romano Pontífice era Francisco I, encarnado por el cardenal Jorge Bergoglio, un jesuita argentino. Los analistas políticos de nuestro tiempo nunca olvidarán las caras y muecas de muchos líderes populistas latinoamericanos cuando vieron la fumata blanca emanar del techo de la Capilla Sixtina. Estos déspotas de dientes para adentro se lamentaron, como lo hizo Berlinguer el siglo XX: “Es lo peor que nos podía haber pasado”

Es que políticamente el Papa Francisco es abiertamente crítico con los regímenes que usan y abusan de la confrontación social fundada en la identidad, la nación, la raza o la clase de los miembros de una sociedad organizada. La presidente argentina ya conoce el carácter del cardenal Bergoglio y el entorno más radical del kishnerismo ha emprendido una guerra sucia de desprestigio contra la figura del nuevo Papa, acusándole de pertenecer a grupos políticos de derecha y haber colaborado con los regímenes militares del siglo pasado. Algunos populistas, como Daniel Ortega, Evo Morales, Nicolás Maduro o Rafael Correa, entre otros menos obtusos, han sintonizado de forma disimulada esa perorata descalificadora, pero aumentaron el volumen de sus discursos comúnmente autoritarios y excesivamente paternalistas.

En su primera homilía el Papa Francisco ha pedido que la Iglesia Católica no se convierta en una ONG más, exhortando a que “camine, edifique y proclame”. Esta arenga ha descalabrado al populismo y ha embestido contra esa simbiosis de la movilización y el control de las masas populares con el aparato gubernamental y el partido del gobierno, que tan maquiavélicamente el difunto Hugo Chávez ha esparcido por el continente entero. Todo esto nos indica que el Papa Francisco, en un santiamén, ha recobrado para la Iglesia Católica esa simpatía estratégica por los pobres y las clases medias, simplemente para alejarlas del populismo pavoroso; o si fuera el caso, para liquidar sus cimientos y deponer a sus oportunistas apoderados.

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