La verbena lasallista … otra señal decadente

El viernes por la tarde pasé por la puerta del Colegio La Salle y me encontré con una imagen poco usual. Al principio supuse y sin lógica alguna, que era una de esas clásicas colas para reservar plazas o cupos que sólo se ven en las puertas de los colegios públicos cada febrero. Estaba equivocado. Se trataba de la cola para ingresar a la tradicional verbena lasallista y los que la hacían eran padres de familia del mismísimo colegio, que reservaron lugares desde la madrugada. Colocaron sillas, algunas telas, banquitos, y otros artefactos, unos detrás de otros para identificar su privilegio en la cola. Todos sin excepción pegaron en las paredes unos papeles con sus nombres inscritos y un número correlativo que les aseguraba el orden de llegada. Esto es grave y delata una incapacidad administrativa que raya en lo premoderno. ¿Qué fue lo que pasó?, si el Colegio La Salle era un dechado de orden, disciplina y organización en todo ámbito.

No esperé más y esta experiencia la compartí en las redes sociales. Como lasallista que soy cuestioné a los religiosos, los administradores, la asociación de padres y a los alumnos por alejarse de forma misteriosa de las reglas generalmente aceptadas para organizar esta verbena de manera eficiente y moderna. Propuse a mis amigos imaginar cómo de desmandado y caótico habría sido el ingreso de los que estaban en la cola para ocupar los “mejores sitios” en las graderías. Es primera vez que soy testigo de este sacrificio inútil, pero si hay alguien que pueda confirmarme, como quien me consuela, que las colas para la verbena lasallista siempre fueron así, con mayor motivo reflejo mi reproche. En mis épocas esto era imposible, porque sobraba la organización y el resultado positivo siempre era inolvidable. Me ofrecí para ayudar a la comunidad lasallista y mejorar, con otros voluntarios, estos procedimientos tan simples, de tal modo de extirpar esta conducta malsana que no sólo ensucia las paredes; sino, y peor, la imagen de una gran institución.

Unas horas después, con un poco de calma y sin meditar mucho, he concluido que este emblemático colegio cochabambino está experimentando los primeros síntomas de anomía, ese mal que ha contagiado a una gran parte de nuestra sociedad, condenada a la decadencia total. Es nuestro pueblo enfermo que ha renunciado al valor supremo de la pacífica convivencia que ahora resulta inalcanzable, y precisamente los operadores de estas conductas cargadas de arbitrariedad y desorden se han introducido sigilosamente en nuestras instituciones con el único propósito de corromperlas, organizando esas escenas empobrecidas. A nadie debería asombrar que nuestro país, las ciudades, los barrios, los colegios y las familias están siendo testigos mudos e impotentes de este estado visible de anomía que les carcome por dentro, y donde cualquier situación trastornada deriva de la carencia o el incumplimiento deliberado de las normas sociales que tanto nos costó convenir. Sería un desastre que el próximo año no tengamos referentes para distinguir un colegio particular de uno público, porque el común denominador será la clase de gente que se aprovecha del desorden. Eso es … nos invadieron y ahora nos dominan. Hemos caído.

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