La pena del Coronel Arteaga

Todas las gentes de bien entienden que la justicia es la virtud moral de dar al ser humano lo que le es debido, y con firme voluntad para respetar los derechos de cada uno. Todos también estamos convencidos que la justicia tiene que llegar oportunamente y a tiempo, para establecer en las relaciones humanas la armonía que inspire la equidad respecto a las personas y al bien común. Pero estos enunciados se han contaminado de crudeza cuando el jueves pasado, el padre del joven asesinado, Alex Artega, ha tomado la justicia por sí y con un arma de fuego ha lesionado de forma grave al presunto asesino, que posteriormente murió.

Este hecho ha conmocionado a la sociedad entera, que ha responsabilizado directamente al Órgano Judicial del Estado Plurinacional por lo sucedido, ya que en sus estrados se ventilaba el juicio inacabable contra el asesino, así como otros litigios que nunca terminan. Sólo viendo y sintiendo estas indecentes injusticias, cualquier ciudadano honesto o ciudadana honrada podría dejar de convivir pacíficamente y optar por desviarse de la rectitud habitual de sus pensamientos y de su conducta con los semejantes,

Este es un caso más del juego irresponsable con la paciencia de los litigantes, que ha activado la indignación colectiva, esa que se siente al confirmar la existencia del aforismo jurídico que dice: “la justicia que tarda no es justicia”. Es que la mora judicial y la retardación son escandalosas. Por si esto fuera poco, este escenario desgraciado ha sido aceptado pasivamente por parte de la sociedad, que no se esfuerza por remediarlo. El Coronel Arteaga, como hombre de armas, en los extremos de la paciencia ha desencadenado su furia, que muchos conciudadanos la consideraron legítima, porque este señor no sólo ha sido víctima de la retardación de justicia que importa una violación grave y prolongada de sus derechos fundamentales; sino por haber agotado todos los recursos judiciales que la ley le puso a su alcance para obtener el castigo del criminal que le quitó la vida a su hijo, y sin lograr un resultado tangible alguno.

Es que la incertidumbre y la inseguridad generadas por el hecho de que la autoridad judicial sólo administra justicia en función de su propio tiempo y el calendario que le conviene, nos han desubicado a todos.  Los operadores del Órgano Judicial se han olvidado que los litigantes también tienen sus propios tiempos, esperanzas y urgencias cuando concurren al foro en busca de justicia. Esto ha colocado a la defensiva a mucha gente que, como el Coronel Arteaga, podría verse obligada y motivada a defender legítimamente, sin el auxilio judicial, sus derechos a la vida, la seguridad, la propiedad, la libre expresión, la asociación lícita y tantos otros derechos que nacen de la convivencia pacífica entre seres humanos.

Lo peor de todo es que los jóvenes, niños y niñas de la ciudad han presenciado este acto de cólera y deseo de venganza, provocados por una injusticia y otras frustraciones amontonadas en las puertas de cualquier juzgado.  Ahora corresponde impedir que las nuevas generaciones escuchen de sus padres expresiones tales como: “yo hubiera hecho lo mismo” entre otras; o entiendan que la venganza de sangre o las acciones directas que provoquen el mal de nuestros agresores, sean las únicas soluciones válidas. Esta experiencia nefasta no debe convertirse en un vicio colectivo o en un deporte nacional, como el que personas arcaicas e ignorantes han enarbolado bajo el concepto de justicia comunitaria. No podemos darnos el lujo de caer en la barbarie.

Inmediatamente debemos interrumpir la propagación de la venganza y proclamar el mantenimiento de la justicia, pero en términos de oportunidad, bien común y beneficio colectivo. Y para evitar desórdenes peores en nuestra vida cotidiana, sería bueno que el propio Coronel Arteaga nos enseñe, a los padres, las madres y las jóvenes generaciones, esos valores positivos y virtudes morales, que con sangre y fuego, ha recogido cuando transitaba por el sendero de la justicia verdadera, y del cual se han alejado los operadores judiciales que le han provocado semejante frustración. Han ofendido al hombre equivocado; y todos estamos en el deber de acompañar a la esposa y la hija del Coronel Arteaga, en el duro camino que ahora tienen que recorrer para enfrentar, paradójicamente, a las mismas autoridades judiciales que los desatendieron.

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