Honduras: hipocresías en tres actos

En el primer acto se presenta el presidente hondureño, Manuel Zelaya, tratando de imponer una nueva asamblea constituyente, y rompiendo los esquemas y normas constitucionales preestablecidas que juró respetar. Segundo Acto: los poderosos deponen al presidente, de forma unánime y con un resentimiento envidiable, despliegan unos procedimientos en resguardo de su constitución vigente; y prescindiendo de ella consolidan un golpe de estado en sentido estricto. Tercer Acto: En defensa del sistema democrático representativo y de la autoridad depuesta, acude una multicolor comitiva de actores internacionales pidiendo el retorno de Zelaya y el establecimiento inmediato de esos mecanismos de democracia y libertades básicos, pero no logran su objetivo. En esta obra teatral todos los actores y actrices, de forma deliberada y consensuada, han optado por el fingimiento de sentimientos contrarios a los que verdaderamente experimentan de forma individual. Todos, todos sin excepción, han pecado de hipócritas.

Basta coincidir que Zelaya no representaba por sí sólo la democracia en Honduras, simplemente era la cabeza de un órgano que ha decidido trabajar, de forma impopular, sin la constitución y la coordinación con los demás órganos para implantar una asamblea constituyente. Al haber antipatizando también con las fuerzas armadas; se ganó el rechazo de sus enemigos, y como víctima del golpe ha provocado que todos los gobiernos latinoamericanos finjan una solidaridad que de pronto sólo se está concretando en los reclamos sobre los temas formales o de procedimiento que hacen a su alejamiento forzoso. En fin, de ida y de vuelta; todo pasó por una simulación y se intentó que Zelaya parezca un estadista democrático, pero sus actos previos lo delataron con una careta muy distinta, como así también pecaron sus detractores.

Al llegar a Tegucigalpa, el secretario de la OEA, Miguel Insulsa, se convenció que se había dado existencia ideal a un proceso parlamentario de sustitución que realmente en los hechos nunca existió, menos en la actual constitución hondureña. El poder en Honduras está concentrado, desde hace bastante tiempo y con Zelaya incluido, en torno a “personajes autoritarios”, que juraron fidelidad a su constitución bajo el resguardo de las armas; es decir que la razón y la fuerza actúan como un mecanismo sincronizado y organizado, como tácita y cotidianamente se ejerce el poder en varios países socios de la OEA.

Es que las hipocresías sobran. El presidente de Venezuela, gran concentrador de poder, quiso utilizar a Zelaya como un prototipo para los líderes de la democracia participativa. El presidente de Bolivia criticó la forma como trasladaron a Zelaya de un país a otro, de madrugada y con forcejeo; si él, en su propio país con sus comisarios, traslada detenidos políticos de un lugar a otro en peores condiciones. Los cubanos pidieron a gritos el respeto en Honduras de la carta democrática de la OEA; si en la isla lo que menos se conoce es el contenido textual de esa carta y los beneficios democráticos que define. Faltaba que Irán, por la boca de un tramposo electoral, imponga sendas advertencias para pedir igualdad de derechos para las mujeres hondureñas en estos momentos de crisis.

Parece que todo se solucionará en las urnas de noviembre. Zelaya no vuelve a Honduras, porque tiene demasiados enemigos en el poder, así como los golpistas tienen descomunales enemigos en el exterior. Ambos lados quizás tenga más amigos en el pueblo, pero poco interesados están en las simpatías de la gente. Nos hemos metido en esas fosas llenas de contradicciones, pecando todos de hipócritas. Queda esperar.

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