Evo ya no es temido, ni amado

Con una cara de vinagre Evo Morales celebró, con una retreta popular a la usanza indígena, su quinto año en el gobierno y su primer año fingiendo el papel de ciudadano presidente. Aprovechó esta oportunidad para soplar la primera vela negra del neonato Estado Plurinacional de Bolivia; y en horas de la tarde del nublado 22 de enero, pronunció su discurso haciendo un balance de su gestión pasada y pronosticando para este año 2011 un torrente de férreas leyes para endurecer su posición dominante sobre el pueblo, recuperar su prestigio perdido y así clavarse en el sillón, quizá haciendo el intento, al menos, de ser temido pero no odiado.

Evo tiene la cara de pocos amigos porque está incómodo y fastidiado por la alineación de muchos factores internos y externos que han complicado y comprometido su futuro, a tal grado que algunos países están pensando, con mucha responsabilidad, en la posibilidad de provocar el aislamiento internacional de Bolivia, de tal modo que el ciudadano presidente reconduzca sus actos hacia escenarios democráticos reales y restablezca las normas básicas y generalmente aceptadas del Estado de Derecho; debiendo renunciar, como resulta obvio, a la codicia insaciable por capturar el poder total. Es que todo se le complicó con el famoso Decreto Supremo Nº 748 del gasolinazo y su consiguiente abrogación, y entre otros asuntos: la desorganización de los mercados, la escalada de precios, la especulación abusiva hecha sobre seguro, el malestar ciudadano por la arremetida incesante contra los medios de comunicación, el video del soborno en el caso terrorismo, el sometimiento patente del Defensor del Pueblo al gobierno, el otorgamiento de asilo político a Mario Cossio; y la ya menuda gusanera que sufre el masismo con todos los súbditos azules que están inmiscuidos en una batalla intestina que definirá si se quedan los chicos buenos o vuelven los malos. Es por esto que la popularidad del presidente Evo Morales se debilitó en el mes de enero hasta merecer el 36 por ciento de aceptación, después de que en diciembre bajara al 30 por ciento, alcanzado su mínimo histórico.

Todo muestra que el ciudadano presidente ha dejado de ser amado por el 67 por ciento de los bolivianos y bolivianas. Evo ha perdido ese buen aire indigenista que le caracterizó en los primeros años de gobierno y que lo trocó por la imagen de un simple y vulgar mandón, con tan mala suerte que ha vacilado en su empeño. Con la abrogatoria del gasolinazo fue obligado a arrepentirse ante su pueblo sólo para recuperar el amor perdido; y lo hizo con una cara que nunca la había mostrado en público desde que alcanzó el gobierno, dicen que le faltó ponerse de rodillas. Esta encrucijada ha terminado con su ebriedad por el poder total y ya no podrá imponer su capricho con muestras de fuerza, atemorizando y desposeyendo al pueblo.

Hubiera sido mejor para Evo ser temido por mostrar firmeza y persistir con el decreto del gasolinazo, que recular con la abrogación. De uno u otro modo el pueblo salió perjudicado, porque los efectos del decreto abrogado son ya irreversibles y se han convertido en el acto de gobierno más cruel desde 2006, precisamente por su falta de sensatez y ausencia de buen juicio. El ciudadano presidente debió inspirarse en Nicolás Maquiavelo y acatar la regla: “es mucho más seguro ser temido que amado”. (Capítulo XVII, El príncipe) Si Evo se preciaba de ser el primer príncipe originario del siglo XXI, no debió haber cometido ese error tan garrafal, porque ya pocos le aman y muchos no le temen. Con este líder dubitativo, el Estado Plurinacional de Bolivia se ha transformado en un criadero de rebeliones, en el que se avivarán los aprestos ciudadanos para derrocar; sin duda, nuestro deporte nacional.

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