El arbolito de la maldición

La Intendenta Municipal, con una sorna despectiva, nos dijo que “tenemos que aguantar a los comerciantes en las calles hasta que tengamos mercados nuevos”. No quiero ni pensar que ella cree que los ciudadanos somos estúpidos. Lo que yo sí creo es que ella es parte de un acuerdo corrupto y vil ideado el siglo pasado por una matriarca y un agente inmobiliario, convertido en alcalde, que se labró en piedra para entregar a los comerciantes nuestras calles. Esta permisión calamitosa potenció el carácter paternalista y autoritario de ese burgomaestre y de cada uno de sus sucesores, incluido el alcalde Leyes; además  empotró en el tablero a una organización de forajidos sindicales que controlan el uso de las calles y los sitios en los mercados. A tal grado ha llegado este tipo de acuerdos arbitrarios que el Concejo Municipal, a través de resoluciones reñidas con el orden legal, ha permitido a los comerciantes el derecho de propiedad exclusivo sobre las aceras, garantizándoles incluso el carácter sucesorio, a favor de sus hijos por fallecimiento o jubilación. Maldición: las calles ya no son de dominio público.

Nos ha causado estupefacción el hecho de que servidores de la Intendencia Municipal hayan arrancado un árbol recientemente plantado en la acera de una calle céntrica, bajo el obtuso argumento de que el propietario no tenía “licencia para plantar el árbol” y que la comerciante minorista tiene privilegio sobre ese sitio porque tiene 15 años de asentamiento. Horas después y con un mar de críticas ciudadanas, el alcalde, seguramente con mucha vergüenza, tuvo que instruir a sus funcionarios que replanten el árbol, pero con la condición ridícula de que este ser vivo “conviva” con la comerciante, juntos en la acera de aquella calle. Ya queda claro de que el alcalde municipal y toda la corte de servidores que le adulan tienen que cumplir sus compromisos políticos con un sector abusivo y prepotente, como es el de los comerciantes, bajo la excusa de que no existen los espacios suficientes en los mercados, y que nada ni nadie les puede coartar su derecho al trabajo en cualquier sitio. Maldición: tenemos mercados municipales, algunos nuevos y muchos vacíos.

A los ciudadanos sensatos las autoridades ediles tácitamente nos han impuesto la obligación de caminar torpemente por las calles de esta ciudad, sin importunar a los comerciantes apostados en las aceras, porque sencillamente ellos están “trabajando”. Esto es absurdo. Para resolver este problema hay que insinuar al alcalde y a los concejales que adopten una perspectiva moderna de lo que debe entenderse como “ciudad” y “calle”; además que legislen de forma coherente, erradicando esas conductas pueblerinas y poco refinadas de esas gentes que cubren las aceras con sus chucherías; así como con valentía se propongan cambiar los modales y los gustos provincianos de nuestros conciudadanos para comprar y comer en las calles.

Ha llegado la hora de solucionar este problema. Todo pasa porque los ediles renuncien a sus alianzas políticas coyunturales con esa gentuza que se adueñó de las calles; y sin pérdida de tiempo se dediquen a rescatar legalmente las aceras para los ciudadanos, extirpando ese espíritu pueblerino de comerciar en las aceras y priorizando el uso ordenado de los mercados municipales. De lo contrario, la solución radical de “arrancar un comerciante para plantar un árbol” puede ser una alternativa.

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