Dos venenos azules para los chilenos

En días pasados Evo Morales dirigió una carta al gobierno de Chile pidiendo dialogar sobre “los asuntos relativos a la situación de enclaustramiento de Bolivia”. No tuvo que esperar mucho el cocalero para que el presidente chileno, Sebastián Piñera, le responda informalmente calificando de “absurda” la pretensión marítima boliviana, ya sea sobre territorio, mar o soberanía chilena. Entre tanto el canciller chileno dejó en suspenso la respuesta formal que dará su gobierno a la carta diplomática remitida, luego de dos semanas del fallo de la Corte Internacional de Justicia, que determinó que Chile no tiene obligación de negociar con Bolivia una salida al Océano Pacífico por su territorio.

Resultó muy clara la energía con la que el gobierno de Piñera ha respondido, pero por alguna razón persiste en su plan de disimular su pánico por el excesivo incremento del narcotráfico boliviano que tiene cautivos a todos los jóvenes y la gente madura de las principales ciudades chilenas; que están corriendo serio riesgo con esa encubierta diplomacia boliviana que tiene como embajadores y cónsules a los narcotraficantes, que están ahogando un país entero con cantidades impresionantes de cocaína. Entre las estadísticas chilenas, quizás las más reales y fiables de la región, aparecen los datos  sobre un agravamiento sostenido del consumo de cocaína entre los chilenos; y su incidencia fatal en la inseguridad ciudadana, la corrupción, la frustración y el bajo rendimiento laboral, social y económico de una población tan pujante como la chilena. Todo parece indicar que Piñera, con mucha reserva y cautela, no quiere aún responsabilizar al gobierno boliviano por su complicidad con el narcotráfico.

Los servicios de seguridad e inteligencia chilenos no sólo están preocupados por el narcotráfico, sino también por los reiterados viajes de ida y de vuelta de activistas cubanos, venezolanos y bolivianos, hacia y desde territorio chileno. Parece que la susceptibilidad ha crecido de forma alarmante de sólo suponer que esos activistas se están entrenando para descomponer el escenario político chileno con mecanismos de desestabilización diseñados al mejor estilo boliviano. Alguien quiere replicar en Chile la experiencia boliviana sobre democracia comunitaria, y a nadie debería extrañar aquellos gritos que ya se escuchan para dar todo el poder a los indígenas chilenos para que administren y dispongan de sus recursos naturales, o acelerar la necesidad urgente de la reforma total de la “constitución oligárquica” del pinochetismo; o para introducir la figura del referéndum popular. A estas ponzoñas es que temen todos los políticos chilenos.

La cocaína y las maniobras desestabilizadoras son los dos venenos azules usados por unos embajadores clandestinos que quieren atosigar a todo el pueblo chileno. Así, cualquier gobernante de Chile no dudaría en firmar las cartas que sean necesarias para negarse a negociar la salida al mar, con unos gobernantes bolivianos que no son muy fiables, mienten de oficio y están desprestigiados por la corrupción que cargan encima. Mientras Evo distrae a Piñera con sus gritos de ahogado, los agentes diplomáticos de Bolivia y Chile acudirán el próximo miércoles ante la CIJ para definir un cronograma de actuaciones procesales dentro de la demanda chilena por las aguas fronterizas del río Silala, en medio de un escenario en el que la incertidumbre sobra.

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