Cae un faro de libertad

El común denominador entre la buena gente que genera periodismo de calidad fue el Dr. Alfonso Canelas Tardío. Como pocos, sembró su carácter respetuoso entre todas las personas, sea cual fuera su condición social. Saludaba a todos con una venia  impecable. Elegante, distinguido con serenidad. Preciso en su escritura. Encantadoramente ecuánime al juzgar las acciones u omisiones de los otros. Este perfecto caballero, este periodista libre ha dejado de iluminar este mar de tinieblas que ahora nos rodea. Hemos perdido demasiado con su partida.

Los Tiempos, durante 65 años de historia, ha ejercido la libertad de prensa con cronistas que se nutrieron de ella en las salas de prensa. Alfonso Canelas Tardío no tuvo posibilidades de hacerse periodista en alguna facultad universitaria de comunicación, de modo que ingresó en la carrera de Derecho de la Universidad de San Simón, pensando que era lo más cercano a su real oficio, y que tanto le motivaba el olor de la tinta fresca, el papel húmedo y la letra de excelencia.  Allá por 1967 se inició haciendo de todo un poco. Fue reportero, redactor, jefe de redacción y finalmente en 1981 culminó como director.

El relato de su iniciación profesional muestra a un corresponsal de guerra. El escenario no podía ser mejor: la guerrilla de Ñancahuazú.  En Camiri, sus ojos inquietos de novel reportero le permitieron ver y relatar el juicio contra Regis Debray. Más adelante le tocó participar de los reportajes que escenificaron la exhibición pública del cadáver del Che Guevara en Valle Grande. El no dudo en subir al avión que hizo el tramo La Paz – Cochabamba – Valle Grande, un vuelo exclusivamente habilitado para periodistas de diferentes medios que cubrieron esa noticia. Canelas Tardío regresó el mismo día y junto con otros periodistas de Los Tiempos plasmaron una edición extraordinaria, que fue un éxito rotundo. Sólo fueron cuatro páginas, presionadas por la urgencia del tiempo y la oportunidad, cubiertas de fotografías espectaculares; y con el toque delicado de la juventud de Alfonso Canelas. También describió la muerte impactante del Presidente Barrientos, y colaboró con otra edición extraordinariamente exitosa sobre este hecho. Más tarde vivió el inicio de los regímenes castrenses con el general Banzer; y finalmente su experiencia inagotable le colocó como Director, que por coincidencia se produjo junto con el retorno de la democracia.

El ser periodista, para Alfonso Canelas, era algo de por sí absorbente. En vida se consideraba un esclavo de la noticia. En sus momentos libres no hacía otra cosa que ver informativos televisados, así terminaba empapado de lo que sucedía para cumplir con su trabajo, su labor, su vida. Era obediente a sus principios éticos, pese a las consecuencias mortales provocadas por un desgaste enorme y un agotamiento que resultaron perjudiciales para su salud. Pero fuerzas físicas no le faltaron hasta el final.

Alfonso Canelas siempre escribía bien, con una profundidad de análisis y una variedad de sugestiones y figuras retóricas inmejorables. Fueron sus cartas credenciales para participar activamente en el Directorio de la Sociedad Interamericana de Prensa. Él estaba plenamente conciente que su profesión le colocaba en un estrato superior de la sociedad y el ejercicio de la libertad de prensa quizás lo acercaba demasiado e ingratamente a ella, a su esencia. Así es la libertad y este periodista sí era libre.

La libertad de prensa ha perdido uno de sus faros. Pese a que las tinieblas están ahora de regocijo, quedan muchas gentes humildes y buenas a quienes iluminó en vida. Ellas seguirán los derroteros de excelencia y de libertad que la tinta y el papel imponen; y que la figura de Alfonso Canelas Tardío comprometen. Así era él: un periodista experto y un gran maestro.

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