A la chilena

El Presidente chileno Sebastián Piñera, al día siguiente del rescate de los 33 mineros, dijo que la frase popular de hacer las cosas “a la chilena” había adquirido una nueva acepción y que ahora significa hacer las cosas bien, con liderazgo. Y de eso ya no queda duda. La frase no sólo será útil y motivadora para el pueblo chileno, sino para el mundo entero. Ese mundo que unido ha atestiguado la calidez humana de los de arriba y los de abajo, de los rescatados y los rescatistas, esos héroes de carne y hueso. Ya no interesa si fueron 69 o 70 días de oscuridad, lo que ahora importa es la perpetuidad de los excepcionales y luminosos abrazos a los mineros, ofrecidos por mujeres, esposas, padres, hijos, hijas y madres que se contagiaban de esa vida recién liberada desde las entrañas de la tierra. Todos nos convertimos en el minero número 34 con renovadas ganas para vivir y recibir cariño.

El gobierno chileno dio unas abiertas lecciones de firmeza, sensatez y cordialidad al proponerse hacer todo lo posible para liberar a los mineros atrapados; al coordinar con sus principales funcionarios, especialmente los competentes en minería seguridad interna, y salud pública, para completar con esa difícil tarea; además al aceptar ayuda extranjera desinteresada,. El gobierno mantuvo la calma, organizó un grupo humano y profesional inolvidable, salvaguardando, como debía ser, la esperanzada de los de arriba y las ganas de renacer de los de abajo. Con esta fórmula el gobierno ha demostrado, explotando la moral nacional, como hacer bien las cosas, con diligencia y liderazgo irrefutables. Chile ha cambiado para bien la perspectiva de sus propios paradigmas y fortalezas, alcanzando estatura mundial.

Hacer las cosas a la chilena sintetiza el antiguo refrán que dice: “a Dios rogando y con el mazo dando”. Un mil millones de personas en todo el mundo, rogamos y rezamos, trasladando telepáticamente energía potente a los hombres y mujeres que golpeaban la tierra con el fin de abrir ese agujero que sirvió para liberar hasta el último minero y el primer rescatista. Justamente con esta alianza entre Dios, el hombre y el mazo (la perforadora T-130) es que se ha colocado una estrella en esa galería histórica y mundial que colecciona las revoluciones desencadenantes y liberadoras que no costaron una sola gota de sangre, pero sí mucha transpiración, inspiración y fe, como fueron el viaje a la luna o la caída del muro de Berlín, por ejemplo. Con mucha dignidad hemos celebrado este acontecimiento, que ha servido a la humanidad entera, una vez más, para sobrevivir, supervivir, trascender, agradecer y respetar. Gracias a la vida, será la emblemática canción chilena, que cantaremos en coro miles de millones de seres en este planeta, cada vez que recordemos este milagro.

Con el rescate de los 33 mineros hemos aprendido que nos necesitamos entre todos, especialmente hemos comprendido que es urgente salir mejorados de esos encierros mentales en los que voluntariamente habíamos caído; y de los que no queríamos salir por pánico o fatalismo. No debemos olvidar que Chile es un país muy golpeado por las adversidades naturales, como el devastador terremoto que sufrió a fines de febrero de este año, pero no es la primera vez que muestra y ostenta su gran predisposición para actuar bien en comunidad, con una fuerte dosis de solidaridad. Precisamente estas son las pruebas materiales y tangibles de cómo un pueblo entero puede salir inconmensurablemente fortalecido después de la adversidad. Esta experiencia exitosa, hecha a la chilena, ha inspirado el mundo entero y estamos convencidos que la mayoría de los hombres y las mujeres, testigos de este prodigio, ya no somos los mismos después del trascendental 13 de octubre de 2010.

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