Nos falta hablar chino

Ya resulta muy aburrido el discurso antiimperialista de los gobernantes bolivianos. Con algo de anticolonialismo nos han acostumbrado a que todo lo que viene del norte de América o de Europa suele ser atentatorio a los derechos e intereses más elementales de cualquier ser vivo que habita esta recóndita parte del sur de América. Estos últimos siete años nos llenaron los ojos y los oídos con artificios demoniacos que condenaban cualquier bebida, comida, juguete, mechilla, alfiler, perfume o pantalón de origen o fabricación imperialista. Pero este último tiempo los antiimperialistas bolivianos han puesto en duda su honestidad y perseverancia.

La verdad es que para sorpresa de muchos, nuestros gobernantes habían estado oficiando como promotores del neocolonialismo chino; o como apologistas de ese imperio; y por lógica, calificarlos como neoimperialistas no tiene una pisca de error. Muchos negocios turbios han empañado la imagen de los actuales gobernantes bolivianos que en su afán de combatir contra el imperio americano han caído en brazos del imperio chino para terminar embargados políticamente.

Tan sometidos han quedado nuestros políticos, así como recientemente terminaron los chavistas que se han volcado ante los chinos cuando aceptaron una fianza en dinero para rescatar a ese pobre país del desastre financiero provocado por el despilfarro del socialismo del siglo XXI. Los chinos por poco no se compran Venezuela entera, con gente y todo, sólo algunas “normas de etiqueta” han impedido que los chinos se zampen groseramente todo ese país. Este ejemplo nos debe servir para calcular mejor los acercamientos con los chinos, por eso no debemos desechar las recomendaciones que alertan al gobierno boliviano de lo perjudicial que resultaría relacionarse con el poder asiático exponiendo las arcas del nuevo Estado Plurinacional a un virtual vaciado, sólo por adquirir un satélite, algunos aviones o helicópteros o un sinfín de chucherías con un financiamiento bancario poco transparente.

Lo que hay que temer desde ahora es que los políticos opositores bolivianos, esos de mala calaña y que sobraban en la extinta República de Bolivia, hayan tomado contacto con empresarios comunistas chinos para derrocar a los políticos comunitarios que responden al masismo, ofreciéndoles mejores y desmedidas condiciones de lucro. A nadie debería extrañar el hecho de que los chinos hacen negocios con cualquiera y que su dogmatismo comunista es muy sinuoso. Se mueven tan bien con los de izquierda, así como con los de derecha, y para ellos será siempre mejor negociar con quienes les ayuden a sostener y expandir su imperio. Así uno se convierte en imperialista de la noche a la mañana.

Los llamados antiimperialistas bolivianos no habían sido otra cosa que proimperialistas, esos mismos que a todos los compatriotas nos han sumido en un comunitarismo tan mediocre que la escasa variedad y la baja calidad de los bienes y muebles del interior de la casa de un boliviano común no difieren en absoluto de aquellos que uno encuentra en la casa de un chino medio. Tenemos los mismos utensilios y adornos; usamos las mismas ropas y cosméticos, la misma estética y casi la misma fatalidad, Así terminaremos hablando chino. El día que los rosquetes, el api o la chancaca lleguen de China hay que comenzar a pensar en el suicidio colectivo.

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