Los encapuchados de la paz

La ciudadanía boliviana en su conjunto ha entendido como una provocación el hecho de que varias personas hayan aparecido con pasamontañas en sus rostros. Se dio en la ciudad de Santa Cruz en medio de una marcha de comerciantes minoristas que manifestaban su apoyo a la reelección de Evo Morales. Estos encapuchados con actitudes absolutamente agresivas y portando palos han despertado las sospechas más trágicas sobre el advenimiento de enfrentamientos violentos entre los bolivianos. La policía se comprometió a investigar el hecho, pero como sabemos que esta institución se ha convertido en una comisaría política, no queda más que sospechar que los investigados y los juzgados terminarán siendo las víctimas de los encapuchados, como ha estado ocurriendo en Nicaragua y en Venezuela, como parte del plan macabro que castiga a los opositores en nombre de la paz.

Las imágenes que he visto con estos personajes encapuchados me traen a la memoria aquellas comparsas carnavalescas en las que siempre se trató de ridiculizar a los paramilitares y a los delincuentes, pero también me permiten confirmar que el pasamontañas, en cualquier parte del mundo, es sinónimo de violencia, crimen y delito. No han sido pocos los ciudadanos sensatos que ya han comenzado a generar conjeturas en sentido de que estos personajes funestos no son otros que agentes especializados en ejecutar violencia a cualquier precio.

Hacia el Palacio Quemado es que todos apuntan con el dedo índice, cuando se les pregunta dónde se gestan los problemas virulentos del país.  Es ahí donde los artífices del totalitarismo diseñaron y comandaron todas las movilizaciones violentas de cocaleros, las amenazas furiosas de los gremiales, las provocaciones rabiosas de los transportistas, los irascibles amedrentamientos de los mineros cooperativistas; y las constantes advertencias contra la libertad de expresión y, entre otras acciones malevas, la articulación de grupos de cocaleros que propagaron maldiciones encolerizadas en plena vía pública contra ciudadanos de a pié.

De nada ha servido que los encapuchados muestren sus rostros, quitándose públicamente el pasamontañas, ya que la incredulidad ha emponzoñado a toda la población. Muy lejos de la pacificación, lo que el gobierno quiere es infundir miedo y provocar que muchos honestos ciudadanos reaccionen crudamente y salgan de sus fueros. El miedo es una peculiaridad que se ha agregado a la sociedad boliviana en las dictaduras y en la democracia; pero como nunca, el miedo está tan difundido en la población, que ha llegado a contaminar hasta los más valientes.

Evo Morales y Álvaro García han escogido la mejor arma de dominación política y de control social para instituir una dictadura: el miedo y la intimidación a través de los movimientos sociales y ahora de los encapuchados. El uso político del miedo desde Palacio Quemado, persigue el control de la población boliviana en torno al discurso del poder popular, el gobierno de las mayorías y la satanización de la democracia occidental.  Es por eso que en días pasados el aparato propagandístico gubernamental ha incidido en esos falsos escenarios de la provocación de la derecha, la intromisión del imperio y el “amenazador” apoyo a la democracia y a la libertad que ha unido al pueblo boliviano en torno a la consigna del 21F. A estas alturas ya nadie cree que una capucha es un símbolo de paz. Hay que prepararse para lo peor.

Marcelo Gonzales Yaksic

Marcelo Gonzales Yaksic, es el director de esta página y ofrece una rica experiencia profesional. Actualmente es abogado tributarista en ejercicio libre de la profesión, fue Asesor Legal de la Cámara de Industria y Comercio de Cochabamba, autor de la columna Pliego de Cargos, Licenciado en Ciencias Jurídicas (UMSS), Diplomado en Tributación del Centro de Estudios Fiscales y Financieros (CEF – Bolivia) y con Maestría en Derecho Corporativo y Regulatorio del Centro de Estudios Superiores Universitarios (CESU- UMSS).


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