Los curas y la constituyente

Siempre he rechazado la infausta idea de que cualquier religioso o militar participe activamente en política gubernamental. Cada vez que un cura, un imán o un rabino han provocado activismo político, nunca nadie ha dudado de los trágicos, belicosos y fúnebres resultados de sus intervenciones. Peor cuando los militares participan apoyando y sosteniendo a los gobernantes o liquidando a los opositores de sus patrones. Ni hablar de las dictaduras castrenses, menos de las teocracias sentidas y vividas a lo largo de la historia. Mejor olvidar todo esto.

Lo que sí me llamó la atención el viernes pasado fue el hecho de que un cura jesuita fue invitado para bendecir el inicio de las labores de la asamblea constituyente venezolana. Bendijo el plan antidemocrático e irracional para fosilizar en el poder a un dictador y a una élite de narcotraficantes. Eso hizo y encubrió su participación política reclamando por la paz: “Vengo a bendecir a un pueblo que en la elección de la constituyente pidió la paz. ¿Cómo un sacerdote puede negarse a bendecir la paz que pide todo un pueblo?», sostuvo. Lo que este cura jesuita no ha entendido bien es que existe una sonora diferencia entre pedir paz y vivir en paz. Definitivamente en Venezuela nadie vive en paz. Ese mismo día y con una lentitud detestable, otro cura jesuita, el Papa Francisco, instó al gobierno de Nicolás Maduro a suspender la asamblea constituyente por que fomenta «un clima de tensión» e «hipoteca el futuro».

La Iglesia Católica durante el conflicto venezolano no se ha posicionado en la órbita correcta, y prueba de ello son estas intervenciones contradictorias y confusas de los curas en medio del cambio político. ¿Quién entiende a los curas? El comunicado papal llega tarde, cuando los muertos en Venezuela han superado los 150, todos liquidados por los militares que sostienen el aparato narcoestatal de Maduro. No quisiera pensar siquiera que algún buen cristiano esté tratando de asemejar el silencio del Papa Francisco con el guardado por el Papa Pío XII, ante el Holocausto de los judíos, organizado por el dictador Hitler. Nadie se equivoca al confirmar que los venezolanos han luchado y están luchando en solitario, aislados totalmente de la jerarquía eclesiástica que ha visto que su participación en defensa de su pueblo superaba la fuerza material con la que contaba. Ha temido dejarse arrastrar por el movimiento contra el narcodictador. El Vaticano ha demorado y ha perdido mucho. Lo que de verdad me preocupa es que la carga de buenas intenciones del Papa sea perdurable.

Por el momento la intervención de la Santa Sede sabe a poco. El Sumo Pontífice también debió haber condenado el narcotráfico boliviano instalado en el Chapare y la narcoguerrilla colombiana que sostienen al gobierno venezolano. Debió haber develado sin miedo esa organización criminal de fuerzas represoras que estimula el dictador Maduro con la complicidad de milicianos bolivianos y mercenarios cubanos, todos violentando al pueblo venezolano. Nada le hubiera costado al Papa Francisco también denunciar la intención de Evo Morales para reproducir en Bolivia una “asamblea constituyente a la venezolana”, sólo para perpetuarse en el poder. El Papa y sus jerarcas han ingresado en una etapa en la que sus buenas intenciones van a depender exclusivamente del buen uso que hagan de su influencia. Una actitud humilde y sincera puede que les devuelva su credibilidad. Amén.

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