Lo que ocultaba el parqueo y el embotellamiento

Ha tenido que pasar una semana para evaluar positivamente la aplicación de las ordenanzas de restricción vehicular y prohibición de parqueos en el centro urbano de la ciudad de Cochabamba. La gente común ha aplaudido ambas medidas y corresponde destacar la actitud que ha asumido el Alcalde de la ciudad para sentar autoridad con bastante carácter, algo que resulta siendo excepcional en este mundillo valluno. Nuestra idiosincrasia cochabambina, muy inclinada a actuar con rebeldía e indisciplina, ha sido opacada por el accionar de la autoridad municipal, tan claro y oportuno, que resulta urgente reproducir esta experiencia exitosa en otros problemas urbanos que requieren inaplazable solución.

Si bien es cierto que todos hemos ponderado la entereza con la que se actuó, no es menos cierto que las calles libres de parqueos y embotellamientos han descubierto la condescendencia y la lenidad con la que se actúa para permitir el asentamiento de comerciantes, buhoneros y vivanderos en las aceras de la ciudad. Las avenidas Ayacucho y Heroínas habían estado tomadas por aproximadamente unas 90 personas privilegiadas, que venden víveres y comestibles a los transeúntes con el estómago rebelde, generalmente entregándoles alimentos en marcha y directamente a la mano, o en sus oficinas o en las puertas de los inmuebles, desde la hora del desayuno hasta la hora de la cena. En estas avenidas existen verdaderas industrias de almuerzo ambulante que satisfacen el hambre de aquella gente relajada e indisciplinada, sin duda expuesta a una insalubridad de terror. Ver comer a estas personas con el cuerpo doblado y con las asentaderas cerca del suelo ya nos coloca en tiempos antiguos, muy antiguos, quizás prehistóricos; y a los que pretendemos coadyuvar en modernizar esta ciudad nos provoca vergüenza contemplar estas escenas.

Todas las tardes de todos los días hábiles, una vivandera establecida de forma permanente en la Avenida Heroínas frente a la salida de la calle Suipacha, vende algún misterioso manjar que lastimosamente es el predilecto de los conductores, quienes para satisfacer su apetito vespertino parquean ocasionando un taco vehicular que sólo puede rebasarse con mucha paciencia y cargado de una buena dosis de tolerancia para no terminar violentamente con este tipo de privilegios, que simplemente atentan contra el bien colectivo. Desde el día lunes pasado varios agentes de tránsito han tratado de persuadir a esta vendedora para que se retire, además de convencer a los conductores para que continúen su recorrido y no se detengan para comer. Un fracaso total.

Algunas autoridades temerosas en el pasado no han querido siquiera oír de la situación caótica que se vive a diario en la zona del correo (intersección de la Av. Ayacucho y la Av. Heroínas). Durante el día es un mercado clandestino de regalos, miles de chucherías, dados, discos compactos, películas, juegos electrónicos y otras materias comerciables. Pero en la noche se transforma en un ambiente malsano en el que prima la inseguridad alimentaria y en la madrugada es un tiradero de deshechos producidos por la aglomeración confusa de gentes que comen, comen y comen o de cosas en movimiento que derraman grasas y otros restos humanos. Es un asco.

Todos deberíamos aprovechar este hito exitoso que representa la restricción vehicular, para empoderar a las autoridades ediles y motivarles con el fin de que dicten la tan esperada ordenanza que establezca una zona de restricción vial en las aceras y se prohíba el establecimiento de comerciantes, vivanderos y otros buhoneros ambulantes. Seguramente estas autoridades serán regañadas por algo más de 100 personas afectadas en sus privilegios, pero a cambio serán aclamadas por algo menos de un millón de personas que quieren vivir bien en una ciudad moderna y ordenada, porque de lo contrario quedará confirmado que poco o nada cuesta vivir mal, así cómo se vive en el centro de la ciudad.

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