La juntucha opositora

«La oposición es una juntucha que no tiene una lógica de ideología que los une, un partido político que los une». Así declaró el viernes pasado la presidenta de la Cámara Baja, Gabriela Montaño. ¿Qué ocurrió? Los diputados opositores no lograron ponerse de acuerdo para elegir a sus jefes de bancada y peor intentaron lograr un compromiso para cubrir la Segunda Vicepresidencia, la Tercera y Cuarta Secretarías que les corresponde por reglamento. Un senador denunció que existe un grupo opositor que busca aliarse al MAS; y otros diputados, también opositores y más cándidos, denunciaron que son víctimas de extorsiones, acosos políticos y amenazas de expulsión de la bancada, y un sinfín de amaños por parte de los diputados funcionales al masismo, como si no si hubieran enterado que ya viven en medio de una dictadura.

Lo que pasa es que, como un resabio de la extinta república, al oficialismo le conviene alentar la división allí donde no existe una abierta sintonía con el despotismo. Hace más de una década he venido denunciando el hecho real de que la mayoría de los opositores se entusiasman por entenderse con el autoritarismo. Así de claro, pero en otras palabras, la oposición es una “juntucha” que colabora bajo las ordenes tutelares de los jefes masistas. Una pequeña muestra de esta afirmación fue el silencio cómplice con el que los opositores facilitaron la aprobación del Código del Sistema Penal, omitiendo su deber de denunciar, desde sus curules, los planes tiránicos que se ocultan en los intestinos de esta nueva norma penal.

En los paros y bloqueos, que amenizaron esta semana que termina, se han escuchado los gritos de una ciudadanía alarmada por la cadena de actos inmorales que los diputados opositores cometen en detrimento de la población boliviana. Pero el castigo y el reproche llegaron. Existe ya un tácito desconocimiento a la representación popular que mediocremente ostentan los asambleístas opositores, a tal grado que a los ciudadanos les importa un bledo quienes ocupen esas vicepresidencias, secretarías o jefaturas de bancadas opositoras, porque esos seres ya no juegan en el tablero de la calle, ahí mismo donde los ciudadanos unilateralmente están reconstruyendo el futuro de Bolivia, en torno a una reforzada ideología democrática y con líderes emergentes.

Nunca olvidaré esa semana de diciembre de 2015 cuando el líder de Unidad Demócrata, Samuel Doria Medina pidió públicamente que se suspendiera el referendo programado para febrero de 2016. Dijo él que ya no era “necesario llevar adelante el referendo» porque de lo contrario Evo iba a “ser derrotado de manera muy clara». A estas alturas no me imagino un futuro promisorio para Bolivia sin el resultado del 21F y menos idealizo el presente sin los ciudadanos que votaron NO a la reelección. Yo suponía que Doria Medina, así como la gran mayoría de los bolivianos, estaba en la línea de derrotar la opción de la re reelección en las urnas, pero en ese entonces apareció facilitando los planes ocultos de los oficialistas para «suspender el referendo» hasta que las aguas se calmaran. Ahora más que nunca hay que aprovechar esta ola de calor democrático tan contagiosa que corre por las calles, sólo para desmontar todos los procesos populistas de la dictadura masista y desconocer la representatividad que ahora ilegítimamente alardean los diputados funcionales al oficialismo. De verdad: la oposición es una “juntucha”.

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