El narcotráfico es un mal de muchos, y el consuelo del gobierno

Aún está fresca la escandalosa noticia de la detención en Panamá, y la inmediata extradición a los EE. UU., del ex general René Sanabria Oropeza, sindicado del delito de narcotráfico, también la deshonesta actitud del gobierno para ocultar o explicar cualquier ligazón con este personaje, pese a que fue un depositario incuestionable de la preferencia gubernamental, cuando y hasta hace poco dirigía el Centro de Inteligencia y Generación de Información (Cigein), dependiente del Ministerio de Gobierno boliviano. Muchos funcionarios y asambleístas azules salieron inmediatamente de las penumbras para defender la nívea imagen del ciudadano Presidente y para encumbrar al Gobierno en su lucha contra el narcotráfico; que después de cinco años de gestión sólo ha fichado, en su contra, el incremento del cultivo de la coca y la proliferación como hongos de los operarios del narcotráfico, en todas sus etapas criminales, coincidiendo con cualquier pronóstico pesimista.

La primera medida gubernamental para ocultar el alboroto fue desmantelar el Cigein que dirigía el ex general Sanabria, además de ordenar la detención de cinco de sus miembros y someter a investigación policial a otros 10; porque de nada sirvieron los argumentos oficiales que explicaban la forma como se había desnaturalizado la confianza depositada en el ex general, que siempre se mostró íntegro entre sus camaradas, un profesional con una conducta intachable y unos resultados inmejorables al frente de la Fuerza Especial de Lucha contra el Narcotráfico (Felcn) entre 2007 y 2009. Pese al portentoso poder de maniobra del Gobierno, todo parece indicar que esta vez no saldrá indemne de este nuevo escándalo, que ensucia con la blanca cocaína la estampa de un partido político tan hinchado de altos dirigentes masistas agotados por la codicia y de funcionarios de confianza enviciados por la voracidad. No debería extrañar a nadie, así como en otros casos, que rueden algunas cabezas azules y sean expulsados otros “militantes del cambio” a causa de sus deseos insaciables por enriquecerse a ciegas. Con lo del “narcogeneral” se ha ensartado otra cuenta más al rosario de gentes masistas que se esfuerzan para enmascarar sus rasgos más desagradables y egoístas, pese a la fidelidad y la lealtad, supuestamente inquebrantables entre el Gobierno y sus operadores.

A estas alturas ya no se puede disimular el colosal narcotráfico, a cargo de esa encubierta diplomacia boliviana que tiene como embajadores y cónsules a los traficantes de estupefacientes, que están ahogando al país entero con cantidades impresionantes de cocaína. El afán de encubrir el caso del ex general Sanabria ya ha perjudicado notablemente la posición de Bolivia en un contexto internacional tan delicado como el que vivimos; y precisamente cuando se requieren adoptar posiciones éticamente marcadas y alejadas de abusos y delitos. ¿Con qué moral se pueden exaltar los principios y valores democráticos de la sociedad boliviana, si sus intestinos están tan abultados por elementos cancerosos que extenúan su credibilidad? Ya dejaron de ser excepcionales los desenfrenos delincuenciales de las hermanas cocaleras Terán, o del narcoamauta que ungió al ciudadano Presidente el día de su coronación, o del narcoalcalde masista y, miserablemente, junto con otras muchas inmoralidades de color azul se están convirtiendo en la regla que enmaraña la certidumbre sobre el futuro del ciudadano Presidente. La situación se torna mucho más grave si los funcionarios encargados de informar insisten en utilizar como excusa el consuelo de que otros gobiernos también abrigaron narcotraficantes sin saberlo, si a todas luces ese mal de muchos que es el narcotráfico está satisfaciendo en exceso a sus militantes y funcionarios masistas, más allá de la saciedad.

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