El castigador de derecha

La Cumbre de Justicia, se ha desarrollado en un ambiente poco alentador porque el Gobierno simplemente ha aislado a los proponentes sensatos y legitimado a los actores que materializarán el proyecto gubernamental de humillación plena del juez al poderoso. En este evento no faltaron aquellos operadores oficialistas que creen que la justicia es un signo de refinamiento, y otros, como los indigenistas exaltados, que alientan la institucionalización de la venganza, ese vestigio de barbarie muy propio de su pasado primitivo y su justicia comunitaria.

El que destacó fue el vicepresidente Álvaro García Linera. No le sobraron los gestos alborozados para lanzar un ramillete de propuestas en medio de la Cumbre de Justicia, seguramente con el afán de distraer a la población y ocultar el verdadero plan para continuar con el sometimiento del Órgano Judicial a los designios del partido de gobierno, que es la vergüenza más grande que enloda su imagen. El vicepresidente lo que menos propuso fue independencia judicial, pero sí alborotó a las masas con tres propuestas que alivian políticamente la sed de justicia de las víctimas. Propuso la acumulación de penas, la duplicación de la condena para los delincuentes reincidentes, y la cadena perpetua a los culpables por delitos de violación a menores de edad, seguida de muerte. Debo confesar que he pecado de irónico al suponer que el proponente es el paradigma del hombre iluminado por el socialismo más refinado; pero he encontrado a un proponente demasiado conservador y reaccionario, en otras palabras un vicepresidente de derecha. Casi he oído a George W. Busch hablar de justicia ante un conglomerado antiimperialista que le aplaudía.

Pese a que existe la premisa de que la justicia por propia mano o la venganza personal están prohibidas en el Estado de Derecho, este último tiempo se ha vivido una devaluación del castigo legal, por este motivo quizás el vicepresidente se ha volcado con las víctimas, que en los procesos penales tramitados actualmente han perdido su papel protagónico, terminando como simples testigos del crimen y con sus derechos básicos negociacidos entre fiscales y criminales. Al proponer el endurecimiento de las penas y el pudrimiento de los malhechores en la cárcel ha confirmado su talante totalitario y ha logrado granjearse el afecto de muchas personas que han sufrido la ausencia de justicia durante esta década de masismo puro. Resulta contradictorio que los autores de la debacle del sistema judicial terminen siendo sus salvadores justo cuando la población en general ya estaba a punto de creer que la distinción entre la justicia institucional y la venganza visceral era falsa. Nadie debe asegurar que esta propuesta del nuevo sistema legal de castigos sea un éxito, pero una cosa si está clara, en este país se ha victimizado al malhechor, y las víctimas que han optado por convertirse en vengadores han terminado como delincuentes.

Sólo queda confirmar que el vicepresidente ha potenciado su conservadurismo, cuestionando al sistema penal boliviano que tiene muy poco respeto por las víctimas. Con este planteamiento muchos ideólogos de la derecha boliviana han quedado desfalcados porque su discurso de que la justicia es la venganza del hombre ilustrado y superior ha sido hurtado por un marxista comunitario, que se suponía tenía que humanizar el castigo y no endurecerlo. En fin, cosas de nuestro folclor político.

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