Dolor de verdad

Me propuse explorar las columnas de opinión de los principales periódicos del país que fueron publicadas esta última semana, y constaté que cuatro de cada cinco artículos reflejan las sensaciones molestas y aflictivas de algunos columnistas por causa de los “malos del gobierno”, esos que cotidianamente esparcen daño entre sus enemigos con tretas muy alejadas de la razón y la ley. En la misma línea otros artículos también desgranan sentimientos de pena y congoja por los “malos de la oposición”, esos deteriorados personajes que se presentan a la hora de participar en cualquier contienda electoral, como justificando sus derrotas anunciadas.

Estas percepciones negativas que llegan a nuestros ojos por escrito y todos los días, no son la excepción. Es la regla general que confirma las expresiones del dolor  que sentimos, tanto en nuestra vida privada como en las interacciones colectivas que cultivamos, ya sea en una esquina, en la mesa del comedor o del bar, en la soledad de la habitación, o en el comentario intrascendente de cualquier red social. Los más nobles y decentes escogen la intimidad para descargar sus malestares y tormentos, sin más testigo que el aire que respiran. Pero la gran mayoría, en cumplimiento de la regla se aglomera o adhiere por afinidad a su grupo de relaciones superficiales para comunicar cruelmente sus dolores o sentir con júbilo el suplicio ajeno.

Cada vez estoy más convencido que este fenómeno nos ha invadido sin siquiera dar visos de remisión. Por eso no pregunto por los infiernos de dolor, esos físicos y morales, que viven en la intimidad cada uno de mis lectores; pero también debo confirmar que muchos están complacidos cuando les duelen las historias nefastas que el diablo les cuenta.  Duele saber que “El Tancara”, avieso reo, era el patrón del Penal de El Abra que mantenía avasallados a los convictos y policías de vigilancia, y que reducía sexualmente a las esposas y novias de los presos, sin excepción y con amedrentamientos. Duele leer o escuchar a quienes descubren la historia pasada, que narren los asesinatos, traiciones, colgamientos, fusilamientos y demás vejaciones orquestadas por tumultos o por agentes oficiales. Duele ver cómo la masa se revuelca gozando estos sufrimientos y contagiando a cualquiera que se le cruza.

La gente común se ha acostumbrado a sentir dolor, a escuchar y leer sensaciones desagradables y por mucho esfuerzo que hacen para exponer sus sentidos a algún estímulo placentero, cuando este aparece se simplifica a un instante muy efímero. Lo peor de todo, es que las personas al comunicar sus padecimientos, de la forma que sea, están estimulando la complacencia de quienes les siguen, es decir que al contar cruelmente sus desgracias a otros, están gozando viéndose desgraciados o maltratados. Esto demuestra firmemente que los seres humanos no están adaptados para experimentar placer de forma constante.  Entonces y ahora, todas las personas sensatas, incluidos los columnistas, deberían responder sinceramente a estas preguntas: ¿Qué tal si, aunque sea efímeramente, cambiamos esos paradigmas dolorosos que en honor a la “verdad” hemos cultivado? ¿Qué tal si a partir de ahora, sin abandonar nuestro típico sarcasmo, difundimos algo de serenidad, un poco de sabiduría y mucha más libertad? Con cuidado, porque las respuestas pueden doler.

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