La verdad duele o mata

Según las estadísticas publicadas por la Central Intelligence Agency, en los dos minutos que dure la lectura de este artículo morirán 216 personas en el mundo entero, aproximadamente. Con esto no es novedad que alguien muera, pero puede que sí lo sea cuando alguien fallece ostentando el poder. Ha perecido un presidente de Bolivia, René Barrientos, en un accidente aéreo. J. F. Kennedy sucumbió con una bala en el cerebro, también Franklin Delano Roosevelt con cáncer, siendo ambos presidentes de los Estados Unidos. José Stalin, el todopoderoso de los soviets, cayó rendido ante un apoplejía letal. Murió Julio Cesar cargado de puñaladas, agonizaron otros poderosos luciendo el mando, así como todos los papas católicos del pasado; en fin la muerte no es un acontecimiento ajeno en la práctica de la política y todos los personajes notables han conjugado el verbo morir en todos sus modos y tiempos, además siempre en primera persona.

Todos hemos permanecido pendientes del tratamiento médico que recibe el presidente venezolano Hugo Chávez por la insuficiencia respiratoria derivada de una infección pulmonar “severa”, según se ha informado oficialmente. Es la confirmación más terminante de que Chávez está soportando graves problemas de salud que lo colocan muy cerca de ese oscuro personaje que manipula una guadaña. El vicepresidente venezolano, Nicolás Maduro, ha sido muy criticado por no adoptar una posición honesta y negar a la comunidad en general el derecho de acceder a una información veraz y oportuna. Ya se recordará como una alegoría su anuncio de que “más temprano que tarde vamos a ver a Chávez, aquí en su patria”, pero lo que no dijo es en qué estado. Ojala sea con vida.

Esté o no Chávez en el poder, lo cierto es que Venezuela desde hace varios meses que sobrevive sin él y ese gobierno que ejercen colectivamente algunos escogidos ha avivado esas pugnas internas por obstaculizar ese temido proceso político de la deschavización de la vida cotidiana en Venezuela. Bajo la hipótesis de la muerte repentina de Chávez, todo el país deberá enfrentar con nuevos bríos la disyuntiva de intensificar el culto a la personalidad del líder fallecido o el desmoronamiento del aparato chavista. Aquí no importa si la oposición venezolana está en su mejor o peor momento para afrontar esta coyuntura, ha de ser más importante preguntarse cuál es el estado del propio oficialismo, que ahora está soportando una indisposición interna, inflamada por los chavistas nacionalistas en abierta lucha con los chavistas castristas, para salvar la sucesión con un personaje tan carismático o mejor que el caudillo del socialismo del siglo XXI. Como siempre, serán unas quince personas del entorno las que definirán el futuro, y lo harán así como han medido y dosificado las noticias sobre la salud de su líder, con mucho juego de palabras y casi en secreto. Lo peor sería que desde La Habana o Teherán se maniobre esa incógnita sucesoria.

Los que sí quedaron fuera de las decisiones, como huérfanos, han sido los genuinos “compañeros y camaradas” de la Revolución. Se nota que las mayorías chavistas ya han asumido posturas claras de preocupación y malestar, especialmente aquellas que han luchado por la Revolución Bolivariana, cuyo rumbo ahora es incierto. Por mucho que se afirme que hay revolución para rato y que ésta sobrepasa la personalidad del propio Chávez, por ser un proyecto colectivo, los consejos comunales, las misiones de participación popular desarrolladas para sostener el chavismo, no tendrán vela en este entierro. Grave error fue ese de no haberles dicho oportunamente la verdad.

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